Estés donde estés, hagas lo que hagas, toques lo que toques, guárdame.
Mírame.
Suspírame.
Tócame.
Ampárame.
No pienses, no dudes, no mires más allá.
Sólo siénteme. Sólo siéntete. Sólo siéntenos.
Ahí estamos, en ese horizonte, en esa luna, en ese destello. En ese quizás que por serlo ya es eterno.
Nos miramos con los dedos, nos escuchamos con los suspiros, nos besamos con los ojos.
No sabemos de huellas, de contratos o de augurios. Sólo sabemos lo que desconocemos de ambos. Eso que nos hace acercarnos aún más.
Recréame en tu almohada.
Horádame los porvenires.
Sueña con las rosas de mis manos. Desgrana sus pétalos en tus labios.
Hazle espacio entre tu blusa a la esponja de mi lengua.
Permite que mi jilguero se cuele entre tu falda.
Cede ante la embestida de los corceles que me arredras en el corazón.
Siente mi alondra impregnando de miel tu espalda.
Úngete con la pulpa de mi pomelo.
Acúname con tu respiración agitada.
Haz de tus dedos carabelas para mi mar.
Convierte tu boca en fauces.
Suda la tintura para nuestro lienzo.
Déjame desgranar el almíbar de tus labios.
Paladear las almendras de tus pechos.
Cubrirte el vientre de orquídeas radiantes.
Revolotear mis mariposas en tus muslos.
Colmarte de luciérnagas envuelto entre tus piernas.
Simplemente,
Acaríciame.
Abrázame.
Átame a ti.
Muere conmigo por ti.
Sé mi Posada.
Ya no quiero caminar sin dirigirme a ti.
E.