Mostrando entradas con la etiqueta Novela. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Novela. Mostrar todas las entradas

lunes, 23 de abril de 2012

FRAGMENTOS DE UNA NOVELA INCONCLUSA V

Me hubiese gustado que fuese diferente.

Que solamente usasen sus verbos para hacerse el amor a la distancia.
Que la única confusión floreciese en el perfume de su cercanía.
Que no transpirasen hostilidades sino alborozos.
Que en lugar de dagas se canjeasen orquídeas.
Que al final, a pesar de todos, inclusive de ellos mismos,
se derrotasen con una sola miel.

Pero no soy director, ni titiritero.
Ni siquiera escritor.
Sólo soy un narrador.

Y Ella prefirió asumir quimeras antes de guarecer esperanzas.
Él, ofenderse con la misma facilidad que la de desertar.
Así que,
más que una vida en común,
lo que se tejieron fue una historia de reencuentros.



Nunca dejaron de buscarse.


miércoles, 18 de enero de 2012

FRAGMENTOS DE UNA NOVELA INCONCLUSA IV

Guardó silencio.

A pesar del fragor que se le arremolinó en el vientre –o precisamente por eso- recurrió a la única plegaria que nos hila el alma con los primeros seres humanos: un poco más de tiempo.

¿Qué es lo que uno puede decir cuando ante sus ojos se entreabre ese cielo siempre anhelado pero que cuesta tanto presenciar sin creerlo irreal? Seguramente todo. O nada.

Lo único realmente cierto es que toda esa manada que le pastaba ferozmente en el pecho le anunciaba intempestivamente que en futuras noches Él volvería a ese preciso instante para no morirse de soledad. Porque tal vez eso sea precisamente vivir: coleccionar destellos para colmarse los parpados de estrellas antes de cerrar los ojos.
Recurrir de nuevo a esa rosa hallada poco antes de dar el último paso al precipicio.
Requerir otra vez de esa caricia recibida en medio de una dolorosa convalecencia.
Rememorar insistentemente un ceño abrumado de arcoíris desfallecientes, una mirada invadida con luciérnagas aturdidas y una boca indecisa de ser oasis o duna. Como lo que se hacinaba en el rostro de Ella mientras esperaba una respuesta.

Las manos de Él cantaban lloviznas mientras que las de Ella se sentían cerca del naufragio.
El silencio se había despedazado en pequeñas sinfonías de desazón.
La luna se había partido en astillas de cristal.
El tiempo simplemente se había detenido.

Ella, su amiga de dos años, con la que Él había llorado, hacía tan sólo un minuto que había dinamitado todas las certezas de Él con un “Te amo, hace tiempo que lo sé pero no me había atrevido a decírtelo”.

Una lágrima se asomó por la mirada de Ella.

Así que Él hizo lo único sensato que debe hacerse en esos casos.

Le susurró un “¿por qué tardaste tanto?”.
Y vertió sus esperas en los labios de Ella.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

FRAGMENTOS DE UNA NOVELA INCONCLUSA III

Ocurre que hay instantes insondables en los que un velo humeante se nos retira momentáneamente y nos descubre algo. Son resquicios milagrosos en los que una puerta se resquebraja y un pliegue de verdad se nos entreabre por dentro. Y entonces no volvemos a ser los mismos.

Esa noche especialmente semejaba una hoguera de hojarascas húmedas en un funeral de gardenias. La luna apenas se ovillaba en un rincón lúgubre. El viento graznaba lágrimas de vidrio.
Él sabía perfectamente que era una noche de duelos y penumbras pero se opuso incansablemente a declinar la infinita felicidad que le martillaba el pecho. A pesar de todo, inclusive de sí mismo, ampararse en ilusiones siempre había sido su vocación.

No dijo ninguna palabra al verla llegar.
Consciente era de que sólo el silencio corona los arcoíris.
Simplemente sonrío con los ojos y lloró con las manos.

La miró como si Ella fuese el primer vestigio de vida.
La abrazó como si Ella fuese el penúltimo ser de su especie.
La besó como si Ella fuese la única mujer del universo.
Y en ese preciso instante su velo le descubriría la certeza que lo acompañaría eternamente: “era Ella. Únicamente Ella”.

A la mañana siguiente, ya no estaría.
Y Él se dedicaría a volverla a encontrar.


lunes, 20 de junio de 2011

FRAGMENTOS DE UNA NOVELA INCONCLUSA II

Ya no existía espacio para la duda. Ella ya se había convertido en su fuerza motriz, en su medida de placer, en un fósforo para su cuerpo.

Él la leía y se entusiasmaba, la veía y se excitaba, decía su nombre y se rehacía.
Eran los ojos de Ella fauces de esplendor, eran sus labios trampas del tiempo, era su cuerpo un reto a la exquisitez.
Un augurio de paraíso.
Un resquicio de júbilo.
Un vicio redentor.
Una amenaza a los sentidos.
Ella se parecía a la palabra embeleso.
Él la creía a Ella fragante, cálida, habitable. Ella lo hacía a Él ávido de su aroma, hambriento de sus gestos y antojadizo de sus suspiros.

Y Él la deseaba tanto que la distancia le dolía.

Por eso cerraba los ojos y la sentía cerca. Apretaba los labios y los depositaba en la curvatura de su cuello. Oprimía los puños y sus manos se enredan en la cascada de su cabello, se deslizan suavemente por su nuca, navegan por el mar de su piel blandiendo su cintura y acercando sus caderas al cuerpo palpitante de Él.
Se ponía un dedo los labios y le devoraba la boca.
Se tocaba el pecho y se estremecía al sentirle los pezones.
Colocaba su mano en su montículo íntimo y era capaz de entrar, suave pero decididamente en Ella.

Abría los ojos y, a pesar de su soledad, sonreía.
Él estaba seguro de que algún día, tarde o temprano, amanecería a su lado.

martes, 24 de mayo de 2011

FRAGMENTOS DE UNA NOVELA INCONCLUSA I

No era la primera vez. Ni sería la última. Pero esta vez la sentía diferente. La padecía distinto. Le costaba prosas de alborada sobrellevar esa nueva ruptura.

A pesar de todo, esa desazón le parecía ilógica. Desde que fue consciente de la llegada de Ella a su vida, Él se repitió constantemente que no se angustiaría por la distancia o por el final, que sólo se entregaría al ahora. “Lo malo es que me lo repetía mirando a la luna, no al espejo”, se dijo aprisionando un jilguero herido en la garganta.

Entonces cerró los ojos para abrir los de su alma. Y ahí la halló. Su mirada era mosaico de un palacio de rosas. Su sonrisa era la espuma de una cascada de ámbar. Su silueta era la constelación fulgurante de un cielo diáfano. Ella contenía en sí misma caos y apogeo. Ella era su patria.

Levantó los parpados y apagando con saliva el fuego de un sollozo se dijo en voz alta: “Cuando no haya relojes ni teléfonos. Espejos ni maquillajes. Cuando esté a solas consigo misma. Yo sé que se acordará.”

E.