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lunes, 8 de septiembre de 2025

CUANDO LA DISTANCIA SE VUELVE ALCOBA

Te leí como quien escucha un murmullo que se transforma en brisa, un suspiro que se convierte en oleaje, un estremecimiento que recorre la piel. Era revivir lo ya vivido: un huracán ardiente, un idilio secreto, un festín de memorias.

Me vi entrando en tu habitación, ese santuario íntimo, silencioso, sagrado. Mis pasos eran un arroyo contenido que, al encontrarte, se volvió algarabía. Nuestros dedos se entrelazaron con un temblor húmedo y vibrante, despertando un calor que se extendió desde las palmas hasta cada fibra de mi ser.

Sentí el calor de tu rostro en mis manos, la dulzura vulnerable de tu piel bajo mi boca, y la fuerza hipnótica de tus ojos devorándome en silencio. Me acerqué más, sintiendo cómo nuestros cuerpos vibraban al unísono, nuestros latidos acelerándose con cada respiración compartida. Tomé tus caderas con firmeza tierna, atrayéndote hacia mí, y apoyé mis labios sobre los tuyos en un beso lento, húmedo, profundo, que parecía fundirnos en un solo ser. Fue un instante suspendido, un preludio de deseo que nos atravesaba, cada contacto encendiendo un destello de hambre y ternura.

Con pasos cortos te guié hacia la orilla de la cama, sintiendo cómo cada movimiento era un soplo cálido que recorría mis manos y tus caderas. El crujido tenue de la madera bajo nuestros pies marcaba el ritmo de nuestro idilio, y yo palidecía de anticipación al sentir tu cuerpo tan cerca. Al llegar a la cama, nos detuvimos un instante, y al mirarte a los ojos sentí que todo el mundo desaparecía: amor, pasión, ternura y anhelo se entrelazaban en un destello que me recorría entero.

Mis manos descansaron sobre tus caderas, firmes, cálidas, suaves, atrayéndote hacia mí, mientras tu respiración se mezclaba con la mía en un río de expectativa. Te recosté suavemente, y al separar ligeramente tus piernas, te vi vulnerable, encendida, expectante a mis caricias. Me incliné sobre ti, rozando apenas tus labios con los míos, mordisqueando, murmurando, jugando con tu paciencia mientras cada instante era un festín de deseo y tensión.

Tus pechos, suaves, cálidos, sedosos, eran como trufas de chocolate fundido que mis labios deseaban saborear. Besé y lamí tus pezones firmes, dulces, delicadamente endurecidos, alternando succión y suaves mordiscos, mientras sentía cómo respondían a cada roce, erizándose y latiendo con cada caricia. Tus suspiros ascendían como ecos suaves, convirtiéndose en un canto que nos unía en un frenesí delicado y profundo.

Bajé entonces a tu vientre. Lo besé con ternura cálida, paciencia delicada y deseo insistente, recorriendo cada curva, cada contorno delicado, cada valle y cima de tu piel como quien descubre un jardín secreto. Solo entonces descendí más, siguiendo el cauce de tu cuerpo hasta tu intimidad abierta, expectante, encendida. Mi lengua fue oleaje, caricia y relámpago: te lamía con paciencia tierna, con ternura persistente, con pasión inagotable. Mis dedos exploraban cada rincón secreto, desatando en ti estremecimientos que me recorrían como relámpagos de placer. Y cuando tu cuerpo se arqueó en el primero de tus orgasmos, tu gemido fue un estrépito, tu entrega un río embravecido, tu deleite un manantial sagrado que recogí con mi boca como quien bebe de un manantial secreto.

Después, tu boca me atrapó como llama voraz, viento abrasador, ola incandescente. El calor de tus labios alrededor de mí fue un festín dulce, apasionado, infinito. Tus ojos, mientras me saboreabas, eran llamas, destellos, mares que se abrían solo para mí. En tu sonrisa traviesa comprendí que no había retorno: eras mía y yo tuyo, irremediablemente.

Cuando me montaste horcajadas, sentí cómo tu cuerpo se ajustaba al mío con una perfección salvaje y delicada a la vez, tu calor envolviéndome, tus caderas buscándome con urgencia y suavidad simultáneamente. Cada embestida era un relámpago de placer que recorría nuestros cuerpos, un mar de sensaciones que nos arrastraba, un oleaje de deseo que nos unía en un vaivén interminable. Tu respiración entrecortada se mezclaba con la mía, tus jadeos eran música que me electrizaba, y tu mirada sostenía la mía con un fuego hipnótico que me hacía perder la noción de todo lo demás.

Sentí tus manos recargarse en mi pecho, presionando suavemente mientras nuestros cuerpos se movían al unísono. Nuestros ojos se anclaban el uno en el otro, nuestros gestos hablaban un lenguaje antiguo, y el tiempo parecía detenerse mientras la pasión alcanzaba su cenit. La electricidad de nuestros cuerpos y la urgencia contenida nos envolvía, un preludio de placer inminente que me atravesaba por completo. Me derramé en ti con la plenitud de la entrega, y tu cuerpo respondió en un desbocamiento de pasión que me dejó exhausto y al mismo tiempo más vivo que nunca, como si cada latido nos perteneciera a ambos.

Al final, mientras descansábamos uno en el otro, con tu beso sellando lo vivido, comprendí que esto que hemos compartido no es solo carne y deseo: es un lenguaje antiguo, un idilio que ya existía antes de nosotros mismos. Porque, aunque nunca nos hayamos visto, yo te he sentido y te he vivido. Porque entre nosotros hay suspiros, latidos y estremecimientos que solo tú y yo podemos escuchar en nuestra alcoba.

lunes, 24 de junio de 2013

EVOCACIÓN

Leer la palabra “beso” y morir porque Ella, mi añorada, me la defina con sus labios.

viernes, 7 de junio de 2013

REENCUENTRO


AVISO

He retirado de este espacio el relato “Reencuentro”. Lo he hecho para evitar conflictos de derechos en un proceso editorial en el que me encuentro inmerso.
Agradezco la comprensión.

Emilio


sábado, 8 de diciembre de 2012

CONTIGO

Huérfano de tus manos, desterrado de tu regazo. Ovillado en tu luz.

Habito tu ausencia con infatigable convicción de júbilo aplazado.
Devoro las hogazas de tus besos que aún me burbujean en la saliva.
Preño cada filamento de tu nombre con la sangre que me palpita en el pecho.
Me extravío en las coordenadas de tu silueta que mis dedos no dejan de recorrer.

Aún siento el bamboleo de tu mirada, la polifonía de tus deseos, el trisar de tus piernas.
Los violines de tu éxtasis.

Esperarte es arar en las sombras. Es liar constelaciones con migajas. Es cobijar mi pleamar con tu aguamiel.
Esperarte es renombrar a la esperanza.

Me sacudes.
Te embisto.
Me infestas.
Te engullo.
Me anegas.
Te unjo.

El viento es el suspiro más tenaz de la historia.
El invierno es la luz más contradictoria de la vida
El silencio es la posesión más íntima de los amantes.

Amor, mi ventana está cubierta de nieve.
Y yo quiero hacer el sol contigo.

jueves, 22 de noviembre de 2012

CONMIGO

Será hoy o será mañana. Pero será.

Súbitamente te sentirás abatida.
La mirada se te infestará de sombras.
Creerás que cargas desiertos en las manos.
Percibirás el canto agonizante de un cisne en la garganta.

Respirarás precipitadamente. Olvidando cómo se hace. Intentando hacerlo diferente.
Supondrás que te ahogas. Notarás que hace tiempo ya estabas asfixiada.

Será inevitable.
El anaquel de los aplazamientos se te vendrá encima despiadadamente.
Te sangrará la sonrisa de los protocolos.
Te desteñirá las huellas de los calendarios.
Te pondrá frente al espejo del horizonte.

Sabrás, por fin, que el futuro se diluye al evitar los presentes osados.
Que nunca se florece en la premura.
Que la celeridad ensordece los murmullos del alma.
Que tocar por inercia endurece por omisión.
Que lo que muere a cada instante no es el ahora titubeante sino un quizás resplandeciente.
Que muy pronto se hace demasiado tarde.

Recordarás lo qué eres pero te dolerá lo que no fuiste. Sobre todo, a mi lado.
Y llorarás de la forma más desgarradora: en silencio.

Somos las vigilias que postergamos. Seremos las vísperas que anidaremos.
Vivir es saber habitarse.
El día más hermoso es el que aún no llega.

No te derrumbes. Aún hay tiempo.

Sólo despójate de compromisos y abrígate de franquezas.
Siembra acasos en los pliegues de cada sombra marchitada.
Edifica una alcoba afuera de tu castillo bombardeado.
Encuentra en la fosa de la distancia el túnel que te lleva a mí.

Mira transpirando.
Acaricia resguardando.
Abraza impregnando.
Besa rescatando.
Di tu nombre esperando que florezca en mis labios.

Entona la melodía de nuestras palpitaciones sincronizadas. Cántanos con ojos entusiasmados, con frutos maduros, con amaneceres preñados. Recupéranos con una sonrisa. Ni los pasados enlutados ni los futuros zozobrados pueden hacer nada frente a un presente radiante.

Será hoy o será mañana. Pero será.
No permitas que se convierta en un “ya fue”.
Pasa esta noche conmigo.


miércoles, 1 de agosto de 2012

CII

Aborrecía los “buenos días” rutinarios, los “¿cómo estás?” insípidos, los “holas” insulsos. Hubiera preferido besarla desmesuradamente. Estaba convencido de que sus labios eran las genuinas cortesías.

lunes, 23 de enero de 2012

MISTERIO SUPREMO

Para Bea, júbilo supremo

Sucede que hay preguntas a las que no les basta con una respuesta.
Ni siquiera les es suficiente una verdad.
Sucede que hay preguntas que aspiran a desentrañar misterios supremos.

Abrió los ojos.
El espejo le pinceló la fatalidad de un semblante ensombrecido y una boca de frutos agazapados. Se miró con la misma expresión del naufrago que contempla la primera noche estrellada desde su barca deshecha.

Era Él pero en realidad no era Él.

Sólo quien se desnuda con las arterias sabe que uno es también lo que le espina la garganta.
Las ruinas arrogantes que le amueblan el ceño.
Las primaveras palpitantes que le braman en las cicatrices.

Respiró con la furia de un depredador herido mientras engulló el silencio aún moribundo.
Masticó con furor cada una de las siete dagas del nombre de Ella paladeando la sangre que le bañaba la lengua.
Volvió a mirarse frente al espejo, se mordió el labio inferior y se lo preguntó en voz alta:

¿Qué es Ella en mi vida?

El silencio drenó veneno de su yugular.
Un cisne murió apuñalado dentro de su garganta.
Una nueva primavera le palpitó en el pecho.

Hay en el muro de la desazón una rendija, apenas imperceptible, por donde siempre se colará la luz de la alborada.

Cerró los ojos para volver a buscarla.
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La encontró recostada en su cama.
Su cara se erigía sostenida sobre su brazo izquierdo formando con su cabello una sedosa cascada azabache.
En su rostro yacían dos gemas consteladas de ámbar que se empeñaban en sonrojar los ojos de todas las mujeres de la historia. Sus mejillas suaves como alcatraces custodiaban celosamente unos labios voluptuosamente bermellones que rivalizaban con las ciruelas más jugosas. En su boca se arremolinaba el porvenir.
Un pantalón y una blusa perfectamente combinados se arrogaban la fortuna de acariciarle el cuerpo con el pretexto de ataviarla.
Las alborozadas piernas entrecruzadas resaltaban el itinerario de unas caderas hacinadas de esplendor que concluían felizmente su viaje en la vereda de una cintura dulcificada. Inútilmente su camisa pretendía ocultar la jovialidad de dos senos efervescentes como manantiales, altivos como medusas, apulpados como frutos del edén.
Un edredón blanco ligeramente tintado aspiraba ser el aura de esa silueta intemporal.

En su rostro se fundían todas las divinidades.
En su cuerpo se congregaban todas las lujurias.
Femenina le era un adjetivo escaso. Hembra un sustantivo menor. Ella era una Diosa.

Él supo entonces que nunca se escribiría un poema más excitante que el que ahora se declamaba ante sus ojos.
Sintió una corola sazonarle la boca.
Unas cascada nacer en sus manos.
Una hoguera azuzarse dentro de su vientre.

Ella lo miró soberana, fragante, dichosa, con esos soberbios destellos con los que ese tipo de Ellas predican con los ojos tan sólo para exigir vasallaje.
Él se lo otorgó con una furibunda erección.

Millones de células e interacciones endócrinas confluyen en ese proceso natural destinado a la reproducción. Pero para Él esa acumulación desenfrenada de palpitaciones en su pene significó un llamado urgente del corazón para prolongar la sucesiva cadena de complicidades que desde el inicio de los tiempos han hermanado a ciertos hombres: no preservar la especie, sino tan sólo acariciar a Dios.
Seducir al infinito.
Dialogar con el universo.
Ser en el íntimo vergel de una Ella.
Amar.

Inhóspito pero siempre buscado anhelo de unirse y fundirse sin causa explicable que casi siempre requiere de dos seres infectados de locura y una vacuna aún por descubrir. Ella, Él y los siete pasos que dio hasta llegar a la orilla de la cama.

Empezó por besarle los pies atribuladamente.
Chupó sus dedos, lamió su planta, mordisqueó su talón como un hambriento. Había en sus besos una devoción más allá de la ternura y la posesión.

Entre sus piernas emergió aún más vociferante su virilidad.

Subió paulatinamente la boca por sus pantorrillas. A pesar de la tela del pantalón apresó entre sus dientes esa harina condensada de suavidad frenética.
Le besó ambas rodillas, le mascó embelesado los muslos y las caderas, pasó la nariz por su intimidad aspirando profundamente para llenar sus pulmones de esa ambrosía burbujeante.

Sus manos recorrieron presurosamente las piernas de Ella siguiendo el sendero marcado por la saliva. Apretujaron sus pantorrillas, estrecharon sus muslos, hurgaron en sus caderas y encontraron su nido en su cintura.

Sus dedos inquietos alzaron la blusa de Ella dejando al descubierto su ombligo. Él introdujo su humedad rosada en ese botón salino mientras se dedicaba pacientemente a desabotonarle la ropa.

Su lengua zigzagueó por su vientre tomando vertiginosamente la ruta de sus costillas para arribar a la substanciosa orografía de sus pechos.
Un sujetador negro pretendía contener la bonanza de dos frutos acolchados.
Su mano izquierda bajó la copa derecha del sujetador dejando al descubierto un suculento seno de nácar soleado con una suave pero respingada almendra tostada.
El latigazo que sintió en el vientre le provocó la erección más vehemente y adolorida que nunca antes sintió en su vida.
Estribó su iracunda rigidez entre los muslos de Ella y se lanzó a saborear ese pezón acanelado.
Lamió la aureola de azúcar mascabado, embuchó la curvatura amasada del seno, chupó con delectación la esponjosidad de su pezón almendrado.

Ella gimió.
Su cuerpo retumbó en una constelación de alborozos, en un cascabel de apetitos, en un nido de alondras en celo.
Lo tomó del cabello, le clavó las uñas en la espalda y aprisionó entre sus manos el sexo de Él.
Sus manos amasaron con frenesí de perdiguero su rabiosa hombría. Armoniosa ablución de delirios que a Él le agrietó las presas del cuerpo.

Ella ronroneó jadeos que Él interpretó como una plegaria del “continúa”.

Él transitó por la pendiente de su hombro, bordeó su cuello y aproximó su rostro al de Ella.
La miró a los ojos como quien mira el fondo del océano.
Y se sumergió en su boca.

Eso que la humanidad ha llamado “beso” para Él fue la sublime ocasión de degustar en Ella el néctar que fermenta sus palabras, de descubrir el refugio de sus silencios, de oxigenarse con su aliento líquido.
Ayer, hoy y mañana se disolvieron en la ebullición de su saliva.
Él desgranó poco a poco la palabra “beso”. Paciente y devotamente limó con la lengua cada letra para sustituirla por el concepto “nosotros”.

Ella le devoró sus faunos atrincherados.
Él le bebió sus ninfas ocultas.
Sus raíces se sacudieron.

Los gemidos llovieron sobre su piel humedeciéndolos.
Las jilgueros de sus dedos revolotearon por sus cuerpos picoteando la incomodidad de sus vestimentas.
Se desabrocharon urgentemente los recelos.
Se desamarraron febrilmente los geiseres.
Se arrancaron impetuosamente la serenidad con los dientes.

Todo desnudo compartido es una victoria sobre lo rutinario que merece coronarse en abrazos.
Así que Él la asió de la cintura, se puso de horcajadas y la sentó sobre sus muslos.
Ella se entreabrió y su vulva acuosa fue engullendo poco a poco la robusta virilidad de Él.
Su seta venosa se abrió paso en la húmeda espesura de Ella.
Su grosor le ensanchó sus capas musgosas, le azuzó los tejidos, le copó las fibras más sensibles.
Un temblor incontrolable la hizo gemir desde sus entrañas.
Él la miró embelesado. La tomó de las mejillas y le mordió los labios.
Ella cabalgó con más arrebato encima de Él. Lo golpeteó con sus caderas, lo succionó con sus fauces.
Él la sujetó de la cintura con firmeza, volvió a devorarle sus pechos y empujó su pelvis más enérgicamente.
Ella sintió como Él tocaba fondo y retozaba en ese rincón endiosado.
Un desquiciado vaivén los hizo danzar en torno a un perpetuo fuego genital.
Enredados en labios y vapores, les acometieron sacudidas, les abrigaron escalofríos, les hirvieron sudores.
Sus átomos vibraron insondablemente y un arroyo de aguamiel se les formó entre las piernas.

Suspiraron,
sonrieron
y se fundieron en un abrazo victorioso.
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Abrió los ojos con Ella habitando en sus pupilas.
Una aurora le tintineó en los labios mientras Él volvió a preguntarse en voz alta:

¿Qué es Ella en mi vida?

“Un misterio supremo”, susurró para cortejar al silencio.

“Un júbilo supremo”, le abonó el corazón.

Y salió decidido a escribírselo.

miércoles, 18 de enero de 2012

FRAGMENTOS DE UNA NOVELA INCONCLUSA IV

Guardó silencio.

A pesar del fragor que se le arremolinó en el vientre –o precisamente por eso- recurrió a la única plegaria que nos hila el alma con los primeros seres humanos: un poco más de tiempo.

¿Qué es lo que uno puede decir cuando ante sus ojos se entreabre ese cielo siempre anhelado pero que cuesta tanto presenciar sin creerlo irreal? Seguramente todo. O nada.

Lo único realmente cierto es que toda esa manada que le pastaba ferozmente en el pecho le anunciaba intempestivamente que en futuras noches Él volvería a ese preciso instante para no morirse de soledad. Porque tal vez eso sea precisamente vivir: coleccionar destellos para colmarse los parpados de estrellas antes de cerrar los ojos.
Recurrir de nuevo a esa rosa hallada poco antes de dar el último paso al precipicio.
Requerir otra vez de esa caricia recibida en medio de una dolorosa convalecencia.
Rememorar insistentemente un ceño abrumado de arcoíris desfallecientes, una mirada invadida con luciérnagas aturdidas y una boca indecisa de ser oasis o duna. Como lo que se hacinaba en el rostro de Ella mientras esperaba una respuesta.

Las manos de Él cantaban lloviznas mientras que las de Ella se sentían cerca del naufragio.
El silencio se había despedazado en pequeñas sinfonías de desazón.
La luna se había partido en astillas de cristal.
El tiempo simplemente se había detenido.

Ella, su amiga de dos años, con la que Él había llorado, hacía tan sólo un minuto que había dinamitado todas las certezas de Él con un “Te amo, hace tiempo que lo sé pero no me había atrevido a decírtelo”.

Una lágrima se asomó por la mirada de Ella.

Así que Él hizo lo único sensato que debe hacerse en esos casos.

Le susurró un “¿por qué tardaste tanto?”.
Y vertió sus esperas en los labios de Ella.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

FRAGMENTOS DE UNA NOVELA INCONCLUSA III

Ocurre que hay instantes insondables en los que un velo humeante se nos retira momentáneamente y nos descubre algo. Son resquicios milagrosos en los que una puerta se resquebraja y un pliegue de verdad se nos entreabre por dentro. Y entonces no volvemos a ser los mismos.

Esa noche especialmente semejaba una hoguera de hojarascas húmedas en un funeral de gardenias. La luna apenas se ovillaba en un rincón lúgubre. El viento graznaba lágrimas de vidrio.
Él sabía perfectamente que era una noche de duelos y penumbras pero se opuso incansablemente a declinar la infinita felicidad que le martillaba el pecho. A pesar de todo, inclusive de sí mismo, ampararse en ilusiones siempre había sido su vocación.

No dijo ninguna palabra al verla llegar.
Consciente era de que sólo el silencio corona los arcoíris.
Simplemente sonrío con los ojos y lloró con las manos.

La miró como si Ella fuese el primer vestigio de vida.
La abrazó como si Ella fuese el penúltimo ser de su especie.
La besó como si Ella fuese la única mujer del universo.
Y en ese preciso instante su velo le descubriría la certeza que lo acompañaría eternamente: “era Ella. Únicamente Ella”.

A la mañana siguiente, ya no estaría.
Y Él se dedicaría a volverla a encontrar.


martes, 6 de diciembre de 2011

CONOCER

Hola. Perdóname, no pretendo importunarte pero es que me ha sido inevitable no hundirme en esa mina de ámbar que es tu presencia.
No, no estoy huérfano de luz o ávido de destellos. Es tan sólo que no puedo ser indiferente ante la magnificencia.
La vida nos suele compensar con lujos para la vista.
Y tú, más que desagravio, pareces un milagro.

Pero por favor no te arredres. O, como dijo el poeta, “no alertes tus fusiles”. Sólo te hablo porque no te conozco.
Dije conocer, no nombrar, enumerar o describir.
Saber nombres, etiquetas o rasgos no es conocer. Acaso será caracterizar pero no conocer.
Conocer a alguien, sobre todo a una mujer, es desconocerse uno mismo.
Es caminar suavemente por un sendero de vapor para lanzarse al vacío.
Es bajarse de la tierra en penumbras para abordar la constelación más brillante.
Es tener la sangre a punto de ebullición pero aún así armarse de sonrisas.
Y esperar que el milagro florezca.

Sí, por eso te hablé.
Para conocerte.
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No, no siempre miro así. Debes creerme. Usualmente miro para andar, para recordar, para guarecerme. Pero ahora te estoy mirando de esta forma tan sólo para descifrarte.
Percibir el calor de tu respiración.
Intuir el sabor que burbujea debajo de tu lengua.
Vislumbrar el estremecimiento de tus muslos.
Imaginar la humedad que saciará mi sed.
Conocerte.

Florecer.
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El de almacenar porvenires con los ojos
El de fraguar complicidades con los silencios
El de subsanar ideales con las incongruencias.

El de rehacerme con diferencias.
El de consternarme con vuelcos.
El de desangrarme con vísperas.

Sí, elijo todos, no descarto ninguno.
Todos los caminos para conocerte.
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Sí, elijo todos.
Pero hay uno con el que te eternizaré. Aunque no lo quieras.
Es el de mi imaginación.

Ahí, donde estaremos despojados de relojes y calendarios, de premuras y compromisos, del resto del mundo.
Tú y yo.
A solas.
En silencio y a oscuras.

Donde suspiraré para que respires los anhelos que no me caben en el cuerpo.
Donde susurraré tu nombre para que oigas mi plegaria más furtiva.
Donde soñaré tu apariencia para que me despiertes a la realidad.

Te miraré con las manos.
Deslizaré mis dedos por tu cabello, por el contorno de tus brazos, por tu talle. Uniré los puntos azarosos de tu perfil. Deambularé por la elipse de tu cuello.
Tocaré un vals con las cuerdas de tu silueta

Y entonces degustaré el manjar de tus labios.

Los besaré. Los morderé. Los chuparé.
Me beberé el néctar que emana de tu boca como un caminante del desierto sorbe de su alcarraza.
Untaré la comisura de tu boca con mi lengua. Perseguiré la tuya, juguetearé con ella. Seré un colibrí.
Me embriagaré con tu saliva.

Ebrio de tu sabor, sabré que tu silueta está hecha a la medida de mis fantasías. Que tu cuerpo es arcilla dúctil para manos de escultor afanoso. Que tu piel es la página más profusa del mundo.
Escribiré en cada rincón, en cada poro, en cada palpitación.

Te desnudaré despacio.

Sentiré como se desabotona la ansiedad, como se caen los jirones de la incertidumbre, como se estremecen las campanas del tiempo.
Tu epidermis erizada invocará la eternidad.
Tus pezones erectos desafiarán la alegría.
Tu pubis palpitante abrigará el esplendor del universo.

Desnudos, los dos, recuperaremos el indicio original: nos fundiremos en un abrazo.
No, ya no serán jadeos, serán sinfonías.
Ya no serán besos, serán apogeos.
Ya no serán caricias, serán posesiones.
Floreceremos.

Navegaré por tu mar, aspiraré cada aroma de tu vergel, hurgaré en todos los capullos de tu jardín.
Acariciaré tus pechos con mi lengua, los lameré con mis dedos, los abrigaré con mi intimidad.
Me arremolinaré a tu vientre.
Me asiré de tu cintura.
Me vararé en tus caderas.

Sentirás la furia de mi tulipán acunarse entre tus piernas.
Tu llovizna me humedecerá.
Un arroyo de saliva me colmará la boca de ansías.

Te mordisquearé los muslos.
Sentiré entre mis dientes esa harina exquisita.
Será una alegría febril e insoportable.
Fastuosa.

Y arribaré al paraíso. A tu pequeña fruta sensible y suculenta.
Su aroma a jazmines me cosquilleará la nariz.
Sus pétalos rugosos me rozarán el desasosiego.
Sus gotas de jugo me desquiciarán.
Entonces la probaré.

Mi lengua húmeda abrirá apasionadamente sus filamentos.
Cada relamida degustará de tu néctar y te deshebrará paulatinamente.
Tu rocío saciará mi sed de ti.
Y yo te tocaré tu fibra más sensible.

Gemirás.
Implorarás que continué.
Sentiré tus uñas en mi espalda.
Tu fruto se estremecerá efusivamente.
Yo te beberé completita.

Te miraré tu rostro placenteramente relajado.
Te susurraré lo desquiciadamente ávido que estoy de ti.
Te abrazaré.
Y, deslizándome despacio por tu aromática ciénaga, entraré vehemente en ti.

No te penetraré. Te absorberé.
Te impregnaré.
Te colmaré.
Te asimilaré.
Me mezclaré contigo.
Te conoceré completamente.

Me enredaré en tus piernas de frente,
de lado,
de pie,
en una cama,
en un sofá,
en una ducha,
por la mañana,
por la tarde,
por la noche,
hasta que definitivamente redima los días que estuve sin ti.
Y amanezcas a mi lado.

Ven, ven a mí.
Cámbiame estas palabras por tus labios,
este teclado por tu cintura
y esta respiración por tu transpiración.

Déjame conocerte.