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domingo, 17 de abril de 2016

MI REGALO

No sé si lo sabes, pero cada que recibo una foto tuya, te saboreó hasta la saciedad. Tus ojos, tu boca, tus pechos, tus caderas.
Mis ojos no cesan de paladear tus hermosos senos de pomelo apulpadamente avellanado. Deliciosos, jugosos, trémulos.

Y me dan ganas de tenerte cerca. De suspirarte para llenar mis pulmones con tu fragancia de hembra.

De sentir una estocada en mi vientre por tu cercanía y dejar que mi pene brote urgente, bollante, duro, palpitante.

Que me sientas sediento de tu feminidad.

Que mi mirada retumbre en tu piel, te cimbre los muslos, se te meta en el vientre y te haga imprescindible, como el aire y el agua, tenerme dentro.

Imagino entonces acercarme a ti. Asirme de tu talle y sentir en mi pelvis la suculenta calidez de tus caderas. Que percibas entre tus piernas lo que brama por ti.

Mirarte a los ojos, pegarte a mi pecho.

Probar tu boca de fresa. Chupar la crema de tus dientes, saborear el azúcar de tu lengua.

Que mis manos te vayan desnudando poco a poco.

Sentir cómo tu respiración se agita, como tu piel se sobresalta, cómo te desfloras para recibirme y dejar brotar tu aguamiel. Comprobarlo con mis dedos embadurnándose con tu líquido humeante.

Dejar que mi boca vaya navegando por tus pechos, tu vientre, tus caderas; te muerda apetitosamente los muslos y llegue a tu vulva agrosellada. Dejar que mi lengua rugosa deshoje despacio tus filamentos y beba desaforadamente tu miel hasta que explotes de éxtasis y me pidas que te penetre sin contemplaciones.

Dejar que mi virilidad juguetee con tus hebras y entre pausada pero decididamente en ti. Que experimentes horcajadas al sentir como me voy abriendo paso dentro de ti, como te voy copando, como entro hasta el fondo y te hago vibrar todos los átomos de tu cuerpo.

Oscilar, balancearme, revolotear. Embestirte.

De lado, de pie, en una cama, en un sofá, en una ducha.

Por la mañana, por la tarde, por la noche.
Hasta que sepas, por fin, lo que es sentirte plenamente amada.

Gracias por mi regalo, hermosa.

lunes, 22 de abril de 2013

NACIERON TODAS LAS FLORES (EN UN MINUTO)

Ella dejó que su ceño evidenciara sorpresa, sonrió con la mirada y, sin dejar de mordisquearse el labio inferior, le respondió:
-No, lo siento, yo me llamo Beatriz.

PRÓXIMAMENTE

lunes, 15 de abril de 2013

NACIERON TODAS LAS FLORES

La vio sentada en su banca de siempre.

PRÓXIMAMENTE

martes, 6 de diciembre de 2011

CONOCER

Hola. Perdóname, no pretendo importunarte pero es que me ha sido inevitable no hundirme en esa mina de ámbar que es tu presencia.
No, no estoy huérfano de luz o ávido de destellos. Es tan sólo que no puedo ser indiferente ante la magnificencia.
La vida nos suele compensar con lujos para la vista.
Y tú, más que desagravio, pareces un milagro.

Pero por favor no te arredres. O, como dijo el poeta, “no alertes tus fusiles”. Sólo te hablo porque no te conozco.
Dije conocer, no nombrar, enumerar o describir.
Saber nombres, etiquetas o rasgos no es conocer. Acaso será caracterizar pero no conocer.
Conocer a alguien, sobre todo a una mujer, es desconocerse uno mismo.
Es caminar suavemente por un sendero de vapor para lanzarse al vacío.
Es bajarse de la tierra en penumbras para abordar la constelación más brillante.
Es tener la sangre a punto de ebullición pero aún así armarse de sonrisas.
Y esperar que el milagro florezca.

Sí, por eso te hablé.
Para conocerte.
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No, no siempre miro así. Debes creerme. Usualmente miro para andar, para recordar, para guarecerme. Pero ahora te estoy mirando de esta forma tan sólo para descifrarte.
Percibir el calor de tu respiración.
Intuir el sabor que burbujea debajo de tu lengua.
Vislumbrar el estremecimiento de tus muslos.
Imaginar la humedad que saciará mi sed.
Conocerte.

Florecer.
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El de almacenar porvenires con los ojos
El de fraguar complicidades con los silencios
El de subsanar ideales con las incongruencias.

El de rehacerme con diferencias.
El de consternarme con vuelcos.
El de desangrarme con vísperas.

Sí, elijo todos, no descarto ninguno.
Todos los caminos para conocerte.
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Sí, elijo todos.
Pero hay uno con el que te eternizaré. Aunque no lo quieras.
Es el de mi imaginación.

Ahí, donde estaremos despojados de relojes y calendarios, de premuras y compromisos, del resto del mundo.
Tú y yo.
A solas.
En silencio y a oscuras.

Donde suspiraré para que respires los anhelos que no me caben en el cuerpo.
Donde susurraré tu nombre para que oigas mi plegaria más furtiva.
Donde soñaré tu apariencia para que me despiertes a la realidad.

Te miraré con las manos.
Deslizaré mis dedos por tu cabello, por el contorno de tus brazos, por tu talle. Uniré los puntos azarosos de tu perfil. Deambularé por la elipse de tu cuello.
Tocaré un vals con las cuerdas de tu silueta

Y entonces degustaré el manjar de tus labios.

Los besaré. Los morderé. Los chuparé.
Me beberé el néctar que emana de tu boca como un caminante del desierto sorbe de su alcarraza.
Untaré la comisura de tu boca con mi lengua. Perseguiré la tuya, juguetearé con ella. Seré un colibrí.
Me embriagaré con tu saliva.

Ebrio de tu sabor, sabré que tu silueta está hecha a la medida de mis fantasías. Que tu cuerpo es arcilla dúctil para manos de escultor afanoso. Que tu piel es la página más profusa del mundo.
Escribiré en cada rincón, en cada poro, en cada palpitación.

Te desnudaré despacio.

Sentiré como se desabotona la ansiedad, como se caen los jirones de la incertidumbre, como se estremecen las campanas del tiempo.
Tu epidermis erizada invocará la eternidad.
Tus pezones erectos desafiarán la alegría.
Tu pubis palpitante abrigará el esplendor del universo.

Desnudos, los dos, recuperaremos el indicio original: nos fundiremos en un abrazo.
No, ya no serán jadeos, serán sinfonías.
Ya no serán besos, serán apogeos.
Ya no serán caricias, serán posesiones.
Floreceremos.

Navegaré por tu mar, aspiraré cada aroma de tu vergel, hurgaré en todos los capullos de tu jardín.
Acariciaré tus pechos con mi lengua, los lameré con mis dedos, los abrigaré con mi intimidad.
Me arremolinaré a tu vientre.
Me asiré de tu cintura.
Me vararé en tus caderas.

Sentirás la furia de mi tulipán acunarse entre tus piernas.
Tu llovizna me humedecerá.
Un arroyo de saliva me colmará la boca de ansías.

Te mordisquearé los muslos.
Sentiré entre mis dientes esa harina exquisita.
Será una alegría febril e insoportable.
Fastuosa.

Y arribaré al paraíso. A tu pequeña fruta sensible y suculenta.
Su aroma a jazmines me cosquilleará la nariz.
Sus pétalos rugosos me rozarán el desasosiego.
Sus gotas de jugo me desquiciarán.
Entonces la probaré.

Mi lengua húmeda abrirá apasionadamente sus filamentos.
Cada relamida degustará de tu néctar y te deshebrará paulatinamente.
Tu rocío saciará mi sed de ti.
Y yo te tocaré tu fibra más sensible.

Gemirás.
Implorarás que continué.
Sentiré tus uñas en mi espalda.
Tu fruto se estremecerá efusivamente.
Yo te beberé completita.

Te miraré tu rostro placenteramente relajado.
Te susurraré lo desquiciadamente ávido que estoy de ti.
Te abrazaré.
Y, deslizándome despacio por tu aromática ciénaga, entraré vehemente en ti.

No te penetraré. Te absorberé.
Te impregnaré.
Te colmaré.
Te asimilaré.
Me mezclaré contigo.
Te conoceré completamente.

Me enredaré en tus piernas de frente,
de lado,
de pie,
en una cama,
en un sofá,
en una ducha,
por la mañana,
por la tarde,
por la noche,
hasta que definitivamente redima los días que estuve sin ti.
Y amanezcas a mi lado.

Ven, ven a mí.
Cámbiame estas palabras por tus labios,
este teclado por tu cintura
y esta respiración por tu transpiración.

Déjame conocerte.


lunes, 10 de octubre de 2011

ASISTENCIA TÉCNICA

EL CUADRO DE DIÁLOGO SE DESPLEGARÁ EN UNOS SEGUNDOS
LE INFORMAMOS QUE LA CONVERSACIÓN PUEDE SER GUARDADA PARA FINES COMERCIALES
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PRÓXIMAMENTE


lunes, 31 de mayo de 2010

A TIEMPO


Sí, entiendo tu apremio.
Te lo juro.
Me has dicho que tienes prisa y te lo creo.
De verdad.

Pero sólo te suplico por lo que tanto mendigamos quienes nos negamos a dormir en el mañana: unos minutos más.

Un trozo más de ilusión.
Un saldo de aliento.

Ven, acércate.
Por favor.
Yo también tengo una premura: está en el armónico compás de tus pulsaciones.

Gracias.

Sí, deja ahí tu abrigo y tu bolso.
A mi lado el frío te será un pretexto y el maquillaje un estorbo.
Te lo prometo.

Siéntate aquí, junto a mí.
Regálame un resplandor. Avívame la hoguera de tu presencia.

No, lo siento, no sé qué hora es.
Cuando te tengo cerca, tu aroma es la medida de mi jornada.

El tiempo es corto para quien piensa e interminable para quien desea.

Mira, pensé en ti y compré este vino tinto.
Pues porque es intenso, afrutado, aterciopelado y maduro.
Como tus besos.
Y tu cuerpo.

Me gusta cuando te sonrojas.
Es como si tu intimidad se sublevara agrietando tu coraza y un murmuro de tu alma se escapara.
Y entonces tu rostro irradia una luz encantadora.

¿Ves? Lo volviste a hacer.

Está bien, no te preocupes. Son palpitaciones compartidas.

Pero bebe un poco del vino.
Está exquisito.
Deja que tu paladar sienta su frescura, su robustez, su consistencia.
El vino, como síntesis del tiempo, es para regodearnos en él, no para esclavizarnos.

¿Cómo va? Ah sí, ya lo recuerdo.
“El vino mueve la primavera,
crece como una planta la alegría.
Caen muros,
peñascos,
se cierran los abismos,
nace la alegría”.

Sí, es precioso. Pero no es mío.
Es de Don Pablo Neruda.



Perdóname, no puedo dejar de mirarte.

Estás soberbiamente hermosa.

Me gustas mucho, de verdad.
Lo que es una forma muy abreviada de decir que eres una fiesta para mis sentidos.
Que eres rival de la noche porque sin siquiera tocarme me resumes, me envuelves y me enciendes.
Que cuando advierto tu presencia repiquetean campanas en el cielo, revolotean todas las aves de mi cuerpo y el mundo se convierte en un poema interminable.

Tus ojos son un faro.
Los míos están vaciados en ti.

Estoy enamorado de tu existencia, de tu parsimonia, de tu delicadeza.
De esos soplos de plenitud bordados a tus pliegues que aumentan mi respiración.

Por eso, no entiendo tu apremio, tu celeridad, tu impaciencia.

No, cariño. En el vértigo no se florece.
A pesar de todo, la rapidez es sinónimo de urgencia, de sobrecarga y hasta de superficialidad.

No de calidad antes que cantidad.
No de reflexión antes que reacción.
No de profundidad antes que menosprecio.
No de entrega sincera.
Ni de creación.

Porque el esplendor es hijo de la paciencia procreado en momentos eternizados.

Como una estrella.
El mar.
O una caricia anhelada.

Perdona la cursilería, es un lujo de quienes nos alimentamos de ilusiones.

Es que me ofende que digas que te hace falta tiempo.
Pues porque tienes las mismas horas que tuvo Frida Kahlo, Sor Juana Inés de la Cruz o el rocío que preñó a esta rosa.

Creo que es inútil el insulso afán de almacenar el tiempo en minutos o de expandirlo con apresuramientos.

Las prisas son trampas del tiempo y los relojes sus grilletes.

No, corazón, no es el presente lo que muere en nosotros a cada instante. Es la posibilidad de futuros placenteros.

De un Quizás resplandeciente.
De un Acaso reivindicativo.
De un Tal vez reconstituyente.

Esas añoranzas por venir que, al saberse sin opciones de retroceso, fácilmente mutan en amarguras.

Como lo declamó Antonio Machado: “El hoy es el nunca jamás”.

Y nuestro Hoy, este Hoy, es nuestro Todavía.

Por favor, no dejes que cuando llegue el momento en que se podría haya pasado el instante en que se pudo.
Te lo ruego.

No nos desampares.
Permite que se reúnan dichosamente el tiempo, el lugar y el amor.
Casi nunca lo hacen.

Dame tu mano, esa ala de mi cuerpo.
¿Lo sentiste?
Ese estremecimiento surgido de nuestro roce es el tiempo mutuo que quiere alojarse en tu piel.
Al menos, eso interpretó mi pecho.
Cierra los ojos y lo verás.

No te arredres. Los suspiros se descifrarán solos.

Tranquila.
Recuerda que por más apología de la prontitud que nos circunda, la velocidad del placer siempre le cerrará la puerta al momento del deseo.

Tu cuerpo es un campo de flores en primavera.
Déjame aspirarlas todas, una por una.

Tu cabello es una cascada en la que mis dedos se embarcan y mi semblante se refresca.

Tu rostro es cartografía de lustrosas promesas.
Terso refugio de mis silencios.
Risueña patria de mis sonrisas.

Sí, acertaste.
Es una rosa lo que está viajando lentamente por tu frente, tu nariz, tus labios y tu cuello.

No, no los abras.
Deja que tus parpados sean celosos guardianes de esos atajos a tu alma que suavemente te labran estas caricias.
Ese escándalo de exaltación puede evaporársete por los ojos.

Perdona la holgada insolencia.
Es que tus labios son irresistibles.
Y quise confesarte un secreto por la boca.

¿Cuál secreto?

¿No lo tradujiste?

Te lo diré.

Que quiero demorar esta tregua arando paso a paso.
Volcándome en el abandono de caminar por tu arena.
Recobrándome en tu brisa.

Que quiero postrarme ante el bienaventurado sagrario de tu desnudez.
Admirar el ornamento de tu silueta.
Y postrarme ante la metáfora de Dios en tu cuerpo. (Para eso traje esta rosa como ofrenda)

Que quiero explorar tu geografía para buscarme en tu inmensidad.
Abordar tu silencio más ansioso.
Navegarte con el tierno entusiasmo de un aprendiz.

Que quiero deslizarme en la inacabable exquisitez de tu piel.
Acunarme en su combustión engullendo su vapor.
Escrutar tus rincones más desatendidos degustando el escarceo de su elocuencia.
Sumirme en tu voluptuosidad retozando en su rubor.
Advertir tu apetecida espesura.
Adentrarme paulatinamente en tu acuosa intimidad evocando el paraíso perdido.

Y, por sobre todos los anhelos, que quiero desesperadamente naufragar en tu mar hasta el amanecer.

Estamos a solas.

Y aún estamos a tiempo.

¿Sigues teniendo prisa?

jueves, 30 de julio de 2009

UN MUNDO NUEVO

Batalla feroz de átomos espoleados por una súbita promesa.

Verbos como desiertos.
Miradas como océanos.
Sigilos como selvas.
Palpitaciones como volcanes.
Cuerpos como labrantíos.

Derrota recíproca en una combustión de porvenir.
Quiebra bilateral de asideros.
Rendición mutua de albedríos.

Disparo de locura.
Bofetada de paraíso.
Torbellino de alas.

Desvelo de secretos.
Balada de incógnitas.
Desafío de inspiraciones.

Roces de almas.
Guiños de éxtasis.
Caricias de destino.

Definición de intimidad.
Argumento de humanidad.
Envidia de eternidad.


El universo en un instante.

Es un beso dado a solas a una mujer deseada.


“Un mundo nace cuando dos se besan”. Octavio Paz

lunes, 2 de marzo de 2009

PLACER (CARTA A ALEJANDRA)

Querida Alejandra:

Esto te va a sorprender. O tal vez no.

Te escribo para ser plenamente honesto contigo. Atrevido y arriesgado acaso, pero sincero. (Sabes perfectamente que para mí las palabras escritas no son una huida, sino una ofrenda).

Así que, aunque de seguro lo intuyes, te lo confieso: no he dejado de pensar en ti. Y lo que es más revelador, no he dejado de pensar en ti conmigo.
Y eso, a pesar de que nuestra situación debería impedírmelo. Porque estoy convencido de que ni ella ni él lo merecen. Pero nosotros sí.

Sábete que esta declaración de intenciones no pretende aprovecharse de tu certeza que, por ser reiterada, a mis ojos resulta frágil: la estabilidad con tu pareja.
No querida.
Cuando yo te pregunto “¿cómo estás?” estoy preguntando por tus alegrías y tus pasiones, no por tu relación actual.
Créeme, yo no deseo cuestionar ni tus decisiones, ni el cómo te convences de ellas.

Querida, yo sólo deseo hacerte el amor.

Déjame ser menos cursi y más sugerente.
Yo lo único que quiero es cruzar ese puente que nuestros coqueteos han tendido y llegar a tu intimidad, ahí dónde sé que tú también me esperas.

Yo sólo quiero que tus ojos color almendra me secuestren de los convencionalismos sociales y nos miren a los dos, solos y enclaustrados, en una habitación.

Yo sólo quiero deslizar un dedo por el contorno de tus brazos. Acercarme a ti despacio. Enredar mis manos en la tersura de tu melena color azabache. Y degustar tus labios rosas y carnosos.
Besarlos. Mordisquearlos. Chuparlos.

Y luego, querida, yo sólo quiero renunciar a mis razonamientos perdiendo mi lengua en la comisura de tu boca, jugueteando con la tuya y deleitando mis sentidos en el –seguramente- exquisito sabor de tu saliva. Quiero embriagarme de ella.

Porque yo sólo quiero comprobar una de mis más recientes e inquietantes certezas: la de que tu cuerpo caribeño (moreno, compacto y tentador) está hecho a la medida de mis fantasías más ardientes. Que tu cuerpo es dúctil y estimulante, como la arcilla para un escultor.

Por eso, quiero recorrerte completita. Quiero aspirar cada rincón tuyo. Quiero colmar cada poro de tu piel. Quiero lamerte toda.

Así que quiero desnudarte despacio.
Desabotonar tu ropa con firmeza pero despojarla de tu cuerpo con lentitud, casi sin intención. Porque yo sólo quiero alargar lo más que se pueda el momento excelso de verte y sentirte desnuda.
Porque quiero que el frenesí te obligue a ofrendarme tu intimidad.
Entonces, quiero detener tus ansías con besos apasionados, y avivar tu pasión con roces ansiosos.

Y luego te quiero tener frente a mí desvestida.
Quiero verte desnuda con los ojos de las manos. Con esa lúcida ceguera que explora el mundo para tomar su lugar en él.

Quiero detenerme en tus pechos. Acariciarlos con mi lengua, lamerlos con mis dedos, frotarlos con mi pene.

Quiero vararme en tus caderas. Asirme lujuriosamente de ellas.

Y quiero concentrarme en tu enjambre sexual, en ese recoveco que guarda tu fruta más jugosa.
Quiero olerla.
Quiero acariciarla delicadamente con una rosa.
Quiero masajearla con mi lengua, chuparle su néctar.
Y quiero hacerlo hasta que te escuche gemir y la sienta palpitar.

Entonces, luego de mirar tu rostro placenteramente relajado, quiero entrar en ti despacio pero decididamente, deslizándome por tu aromática ciénaga.
Quiero que sientas la indudable convicción de las erecciones que me produces, como la que ahora mismo acompaña esta carta.
Quiero moverme dentro de ti enredándome en tus piernas de frente, de lado, de pie, en una cama, en un sofá, en una ducha, por la mañana, por la tarde y por la noche, hasta que definitivamente redima todos los momentos en que soñé que era posible, pero que no estabas a mi lado.

Porque, anhelada Alejandra, yo sólo quiero darte placer.

Yo sólo quiero ofrecerte mi cuerpo como objeto agradable, mis fantasías como habilidades gratificantes y mis esperas como pretextos de lujuria.

Yo sólo quiero entregarme a ti porque me gustas. Eso que, por ser tan espléndidamente natural, nuestras sociedades lo han ido mercantilizando o culpabilizándolo y, por eso, perdiéndolo.

Un poeta dijo que “es imposible hacer el amor sin un cierto abandono”.
Pues bien, yo reconozco que tu nombre y tu presencia me debilitan y enardecen al mismo tiempo. Por eso, yo quiero perderme en la aventura de tu cuerpo.

Yo sólo quiero besarte, acariciarte, masturbarte, y penetrarte por puro, simple y añorado placer.

Por el placer del descubrimiento, del reconocimiento y de la complicidad.


Si aceptas cambiar tus fantasías por la mías, para que ambas se hagan realidad, te espero en aquel lugar de España donde coincidimos.
Estaré ahí con una botella de vino, una rosa y una ardiente paciencia, las cuales esperan, todas juntas, diluirse en jirones de pasión.

Tuyo, cuando lo decidas,
H.E.