sábado, 7 de abril de 2012

LA BÚSQUEDA

A día de hoy han pasado ya 15 años desde que fui por primera vez a sus tierras.
Originalmente, traía conmigo la plena convicción de apoyar, socorrer y proteger. Estaba seguro de que mi voluntad les sería de indispensable utilidad. Pero ya desde el primer día mis certezas se desmoronaron. Me bastó tan sólo con una mirada para entender que serían ellos los que me ampararían a mí. Y así ha sido desde entonces.
Ellos me enseñaron el significado de la dignidad, me aleccionaron sobre el valor de los silencios y me ilustraron que la humanidad sólo tendrá esperanzas si no olvida para qué fueron creados los seres humanos.
En verdad, cada uno de los días que he pasado en tierras tzotziles, tzeltales, tojolabales, quichés y q’eqchi’es me he sentido enaltecido al estar entre ellos. Como aquella vez, cuando por fin me decidí a emprender mi sendero.

Era la primera semana de abril del 2002. Estaba en una comunidad de la selva Lacandona. Así como en visitas anteriores, había llegado ahí como parte de un campamento de paz. Sólo que esa vez era diferente a las anteriores estancias. A la sensación cada vez más inaguantable de sopor que me provocaba mi trabajo en la ciudad de México le sumaba el dolor de haber perdido recientemente a Verónica. Mis sueños de seguir estudiando estaban oxidados y mi concepción sobre el amor sangraba. Es cierto, el compromiso social seguía inalterable pero sentía el pecho devastado.
Era la última noche de esa estancia. No sé la hora pero la luna lucía radiante y ya todos dormían. Yo no, y estaba seguro de que la vigilia duraría hasta la alborada siguiente. Decidí entonces salir del campamento y caminar hasta el arroyo cerca de la cañada, “si no puedo dormir al menos arrullaré mi soledad”, me dije para persuadirme aún más de mi decisión.
La profunda oscuridad no alteraba mis pasos pues yo me guiaba por el canto del agua. Al estar a escasos metros del arroyo me asusté al observar una brasa que tintineaba en el horizonte. A los pocos segundos una voz tranquilizó mis pasos al decirme “buenas noches, compañero”. Era don Antonio, el anciano mayor de la comunidad, que fumaba un cigarro sentado a la orilla del arroyo. A su lado yacía su bastón de mando.
Lo saludé respetuosamente. Antes de poder articular justificación alguna, don Antonio me preguntó afirmando “¿no puede dormir, verdad?”. “No”, respondí lacónico. “Yo sí puedo pero nomás no quiero. A esta edad ya he comprendido que dormir es perderse de escuchar cabalmente a las ceibas y los quetzales, al viento y al arroyito. La selva habla más y mejor por la noche y hay que saber escucharla con humildad. Venga, siéntese aquíacito, tal vez la selva tenga algo qué decirle”.
Me senté a su lado izquierdo. El aroma a tabaco me cosquilleaba el rostro mientras que mis oídos se colmaban de la sinfonía de los grillos. No sabía qué decir ni tampoco quería decir algo. Don Antonio aspiró su cigarrillo dejando que el humo abrigará mi desazón. Después dijo “lo vi hoy en la asamblea. Estaba ahí pero no estaba ahí.” Me sonrojé e inmediatamente atajé “bueno don Antonio, es que la situación aún está muy complicada, a pesar de los proyectos autonómicos...” “Pero pase lo que pase, compañero, uno sabe siempre que la dignidad nunca se doblega. Eso lo sabe requeté bien el corazón pero parece que usted no le da tiempo al suyo de decírselo”.
Habló mi silencio sorprendido, azorado, doliente. Sentí exhalar abatimientos y añoranzas y también sentí a los grillos callarse y al arroyo aquietarse. Don Antonio respiraba con la serenidad del que sabe que tarde o temprano, más que respuesta, recibirá la confirmación de sus palabras.
Los últimos días yo había reflexionado y expuesto sobre derechos humanos, autonomía, movimientos sociales y sistema político pero había aplazado la discusión más urgente: la de mi vida. Se me había terminado el plazo. Así que me expresé con la sosegada premura del que se sabe derrotado pero aún puede entender el motivo de su revés: “Lo que pasa, don Antonio, es que ahora mismo no sé si soy el hombre que he querido ser. Creo que he perdido mi camino”. Sentí mis ojos enrojecerse y mi garganta nublarse.
Don Antonio carraspeó y encendió otro cigarrillo.
Supe que era el momento de escuchar.
Entonces don Antonio comenzó su narración:

“Mis abuelos me contaron que sus antepasados les contaron que el mundo no está completo, no está cabal, porque los Dioses que lo hicieron perdieron las últimas piezas.
Es por eso que a pesar de la tierra que alimenta, los mares que sacian, el viento que refresca y el fuego que ampara, al mundo le hace falta las almas que al cuidarlo lo embellezcan.
Los Dioses se pusieron muy tristes por las piezas faltantes pero no se quedaron así nomás de brazos cruzados. Entonces sembraron maíz, cortaron las mazorcas, molieron los granos y pusieron a tostarlos al sol. Luego les pusieron agua y con sus manos crearon a las primeras mujeres y a los primeros hombres.
Cuando las primeras mujeres y los primeros hombres abrieron los ojos y comenzaron a tener conciencia, los Dioses les dijeron de su desgracia y les pidieron que los ayudarán. Las primeras mujeres y los primeros hombres aceptaron pues porque eran los Dioses los que les pedían el favor y pues porque no podían vivir en un mundo que no estaba completo.
Pero las mujeres y los hombres primeros tenían que tener bien claro lo que debían de encontrar, así que les preguntaron a los Dioses cómo eran las piezas perdidas qué ellos tenían que hallar. ‘Las reconocerán cuando las encuentren’, les dijeron los Dioses.
Desde entonces, las hijas y los hijos de las primeras mujeres y los primeros hombres tenemos la misión de buscar las piezas que faltan para completar al mundo. Cuando todos nacemos, nacemos con la misión divina de completar al mundo.
Y nos pasamos la vida buscando.
Buscamos al despertar, buscamos al soñar, buscamos al reír, buscamos al llorar, buscamos al callar, buscamos al mirar, buscamos al tocar y, sobre todo, buscamos al sentir realmente a las otras creaciones de los Dioses. Sentir realmente, o sea, estremecernos con el soplo más profundo de otra alma.
Y entonces el corazón nos late desaforadamente. Pero no por desamparo, locura o rendición, sino porque es la brújula que los Dioses nos pusieron en el pecho para guiarnos en nuestra búsqueda. Y cuando el corazón late tan fuerte sentimos tierra en los pies, mares en las manos, viento en la boca y fuego en el vientre: es porque hemos hallado una pieza más para completar el mundo.
Las han llamado de muchas formas: justicia, generosidad, solidaridad y hasta amor. Sea como fuere, todas las piezas faltantes para completar al mundo tienen que ver con una sola tarea: sentir realmente a las montañas, a los árboles, a las flores, a los animales, a las estrellas y a las demás mujeres y hombres.
Sentir sus dolores. Sentir sus alegrías. Sentir sus sueños. Sentir sus pasos. Sentir que los Dioses les habitan, como a nosotros.
Pero para poder sentir realmente, compañero, debemos primero tener listo el corazón. Abrazarlo si está adolorido, limpiarlo si está sucio, escucharlo si nos está hablando. Escucharlo atentamente pues es nuestro único guía en nuestra búsqueda. Por eso siempre debemos de caminar hacía donde él nos diga.
El mundo está incompleto y nosotros fuimos creados para buscar las piezas que le faltan.”

Don Antonio aspiró la última bocanada de su cigarro, se levantó despacio, tomó su bastón de mano y me dejó a la orilla del arroyo acompañado con luciérnagas adheridas al cielo, grillos adormilados, una corriente apacible y mi corazón vociferando. Y por fin lloré.
A la mañana siguiente emprendí mi regreso a la ciudad de México. Semanas después me vi quemando las naves de mi cotidianidad, sentado en un avión que me llevaba a España para estudiar mi posgrado.

En estos años que han pasado he vuelto asiduamente a sus tierras, me he reencontrado con rostros conocidos, palabras añejas y, especialmente, con mi entrañable arroyo de la selva. Don Antonio es ya una ceiba más ahí. En las noches, a la orilla del arroyo, cerca de la cañada, he podido sentir el aroma de su tabaco, el ronroneo de su respiración, su voz rasposa y serena. Sobre todo, he vuelto a escuchar su narración cada vez que el corazón me late desaforadamente recordándome entre luciérnagas y grillos sonoros que no claudique, que no renuncie, que continúe con mi búsqueda.
El mundo sigue incompleto.

miércoles, 21 de marzo de 2012

PRIMAVERA

Flor de apogeos.

PRÓXIMAMENTE 

domingo, 19 de febrero de 2012

VERÓNICA 4

¿Qué importa que me rescaten de la guillotina para después apostarme en la sala de espera de cualquier funeraria?

¿Qué importa que me colmen de estrellas las pestañas para después astillarme las pupilas de cenizas?

¿Qué importa que me escriban lunas para después eclipsarme con indiferencias?

¿Qué importa que se digan Ellas o Mías para después disfrazarse de quimeras?

¿Qué importa que me besen para después silenciarme?

¿Qué importa que me acaricien para después desgarrarme?

¿Qué importa que me hagan agua para después drenarme?

Que me piensen sin tiempo,
Que me miren sin esperanza,
Que me quieran sin sangre.


¿Qué importa, de verdad qué importa?
si tengo tu fantasma agazapado en las noches,
siempre dispuesto a devorarme.

martes, 14 de febrero de 2012

DECIMOTERCERA LEY DE SUSPIROS DEL ESPANTAPÁJAROS

Una Ella es como el amor: la desazón más ardiente, el apogeo más ansioso, la locura más renovada.
Ruptura. Desquiciamiento. Transgresión.
La reinvención más feroz de uno mismo.
Y por eso, es imprescindible.

lunes, 13 de febrero de 2012

ANUNCIOS CLASIFICADOS 4


Hombre de fantasías profusas y dedos alados busca una mujer fragante, sutil, habitable.

Que no coleccione años, sino dagas y cisnes.
Que sea capaz de labrar alcobas con palabras y silencios.
Que juegue al azar con los ojos y al universo con las manos.
Que sus labios no fermenten besos sino nitroglicerina.

Que en toda ella -en su silueta, en su boca, en sus pechos, en sus caderas, en sus muslos, en su ambrosía- destile una feminidad acuosa que anegue mi hombría.

Que sea una metáfora suculenta del caos.
Que transpire jazmines y brasas.
Que sonroje a la palabra hembra.
Que sea una Ella.

Abstenerse princesas. Se busca una Diosa.


jueves, 9 de febrero de 2012

XCIV



Paradójicamente, se hallaba en el mismo sendero que se extraviaba. En sus silencios y en sus respuestas. En lo que le desconocía y en lo que le reconocía. En su distancia y en su hoguera.
Por eso le escribía.
No para que lo leyera, sino para que lo tuviera dentro.
Para seguir muriendo por vivir en Ella.

martes, 31 de enero de 2012

SIN ELLA

Esta mortaja que criminaliza mis ojos y desangra mi boca,
como una flama devorando hojarascas.
Este coro de rocas empotrado en el viento, dormitando en mis alas derruidas.
Que no llora para dejar que las pestañas se incendien.
Esta mazmorra fría y oscura labrada con mis delirios.
Tengo un cirio en las manos y prefiero quemarme los dedos con los fósforos.

Añoranza no es acuchillarse para beberse la sangre en el desierto,
ni ahogar suspiros en las cenizas de las sollozos,
o ahorcarse en la nada.
Es no poder decírselo con mis labios.

Este lenguaje aniquilado por la noche espectral.
Esta intromisión del sueño en la vigilia.
Este refugiarse para seguir huyendo.
Esta garganta petrificada.
Este canto agonizante.
Esta ciudad en ruinas.
Este juego sangriento.

No la soledad.
Sino yo sin Ella.


lunes, 23 de enero de 2012

MISTERIO SUPREMO

Para Bea, júbilo supremo

Sucede que hay preguntas a las que no les basta con una respuesta.
Ni siquiera les es suficiente una verdad.
Sucede que hay preguntas que aspiran a desentrañar misterios supremos.

Abrió los ojos.
El espejo le pinceló la fatalidad de un semblante ensombrecido y una boca de frutos agazapados. Se miró con la misma expresión del naufrago que contempla la primera noche estrellada desde su barca deshecha.

Era Él pero en realidad no era Él.

Sólo quien se desnuda con las arterias sabe que uno es también lo que le espina la garganta.
Las ruinas arrogantes que le amueblan el ceño.
Las primaveras palpitantes que le braman en las cicatrices.

Respiró con la furia de un depredador herido mientras engulló el silencio aún moribundo.
Masticó con furor cada una de las siete dagas del nombre de Ella paladeando la sangre que le bañaba la lengua.
Volvió a mirarse frente al espejo, se mordió el labio inferior y se lo preguntó en voz alta:

¿Qué es Ella en mi vida?

El silencio drenó veneno de su yugular.
Un cisne murió apuñalado dentro de su garganta.
Una nueva primavera le palpitó en el pecho.

Hay en el muro de la desazón una rendija, apenas imperceptible, por donde siempre se colará la luz de la alborada.

Cerró los ojos para volver a buscarla.
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La encontró recostada en su cama.
Su cara se erigía sostenida sobre su brazo izquierdo formando con su cabello una sedosa cascada azabache.
En su rostro yacían dos gemas consteladas de ámbar que se empeñaban en sonrojar los ojos de todas las mujeres de la historia. Sus mejillas suaves como alcatraces custodiaban celosamente unos labios voluptuosamente bermellones que rivalizaban con las ciruelas más jugosas. En su boca se arremolinaba el porvenir.
Un pantalón y una blusa perfectamente combinados se arrogaban la fortuna de acariciarle el cuerpo con el pretexto de ataviarla.
Las alborozadas piernas entrecruzadas resaltaban el itinerario de unas caderas hacinadas de esplendor que concluían felizmente su viaje en la vereda de una cintura dulcificada. Inútilmente su camisa pretendía ocultar la jovialidad de dos senos efervescentes como manantiales, altivos como medusas, apulpados como frutos del edén.
Un edredón blanco ligeramente tintado aspiraba ser el aura de esa silueta intemporal.

En su rostro se fundían todas las divinidades.
En su cuerpo se congregaban todas las lujurias.
Femenina le era un adjetivo escaso. Hembra un sustantivo menor. Ella era una Diosa.

Él supo entonces que nunca se escribiría un poema más excitante que el que ahora se declamaba ante sus ojos.
Sintió una corola sazonarle la boca.
Unas cascada nacer en sus manos.
Una hoguera azuzarse dentro de su vientre.

Ella lo miró soberana, fragante, dichosa, con esos soberbios destellos con los que ese tipo de Ellas predican con los ojos tan sólo para exigir vasallaje.
Él se lo otorgó con una furibunda erección.

Millones de células e interacciones endócrinas confluyen en ese proceso natural destinado a la reproducción. Pero para Él esa acumulación desenfrenada de palpitaciones en su pene significó un llamado urgente del corazón para prolongar la sucesiva cadena de complicidades que desde el inicio de los tiempos han hermanado a ciertos hombres: no preservar la especie, sino tan sólo acariciar a Dios.
Seducir al infinito.
Dialogar con el universo.
Ser en el íntimo vergel de una Ella.
Amar.

Inhóspito pero siempre buscado anhelo de unirse y fundirse sin causa explicable que casi siempre requiere de dos seres infectados de locura y una vacuna aún por descubrir. Ella, Él y los siete pasos que dio hasta llegar a la orilla de la cama.

Empezó por besarle los pies atribuladamente.
Chupó sus dedos, lamió su planta, mordisqueó su talón como un hambriento. Había en sus besos una devoción más allá de la ternura y la posesión.

Entre sus piernas emergió aún más vociferante su virilidad.

Subió paulatinamente la boca por sus pantorrillas. A pesar de la tela del pantalón apresó entre sus dientes esa harina condensada de suavidad frenética.
Le besó ambas rodillas, le mascó embelesado los muslos y las caderas, pasó la nariz por su intimidad aspirando profundamente para llenar sus pulmones de esa ambrosía burbujeante.

Sus manos recorrieron presurosamente las piernas de Ella siguiendo el sendero marcado por la saliva. Apretujaron sus pantorrillas, estrecharon sus muslos, hurgaron en sus caderas y encontraron su nido en su cintura.

Sus dedos inquietos alzaron la blusa de Ella dejando al descubierto su ombligo. Él introdujo su humedad rosada en ese botón salino mientras se dedicaba pacientemente a desabotonarle la ropa.

Su lengua zigzagueó por su vientre tomando vertiginosamente la ruta de sus costillas para arribar a la substanciosa orografía de sus pechos.
Un sujetador negro pretendía contener la bonanza de dos frutos acolchados.
Su mano izquierda bajó la copa derecha del sujetador dejando al descubierto un suculento seno de nácar soleado con una suave pero respingada almendra tostada.
El latigazo que sintió en el vientre le provocó la erección más vehemente y adolorida que nunca antes sintió en su vida.
Estribó su iracunda rigidez entre los muslos de Ella y se lanzó a saborear ese pezón acanelado.
Lamió la aureola de azúcar mascabado, embuchó la curvatura amasada del seno, chupó con delectación la esponjosidad de su pezón almendrado.

Ella gimió.
Su cuerpo retumbó en una constelación de alborozos, en un cascabel de apetitos, en un nido de alondras en celo.
Lo tomó del cabello, le clavó las uñas en la espalda y aprisionó entre sus manos el sexo de Él.
Sus manos amasaron con frenesí de perdiguero su rabiosa hombría. Armoniosa ablución de delirios que a Él le agrietó las presas del cuerpo.

Ella ronroneó jadeos que Él interpretó como una plegaria del “continúa”.

Él transitó por la pendiente de su hombro, bordeó su cuello y aproximó su rostro al de Ella.
La miró a los ojos como quien mira el fondo del océano.
Y se sumergió en su boca.

Eso que la humanidad ha llamado “beso” para Él fue la sublime ocasión de degustar en Ella el néctar que fermenta sus palabras, de descubrir el refugio de sus silencios, de oxigenarse con su aliento líquido.
Ayer, hoy y mañana se disolvieron en la ebullición de su saliva.
Él desgranó poco a poco la palabra “beso”. Paciente y devotamente limó con la lengua cada letra para sustituirla por el concepto “nosotros”.

Ella le devoró sus faunos atrincherados.
Él le bebió sus ninfas ocultas.
Sus raíces se sacudieron.

Los gemidos llovieron sobre su piel humedeciéndolos.
Las jilgueros de sus dedos revolotearon por sus cuerpos picoteando la incomodidad de sus vestimentas.
Se desabrocharon urgentemente los recelos.
Se desamarraron febrilmente los geiseres.
Se arrancaron impetuosamente la serenidad con los dientes.

Todo desnudo compartido es una victoria sobre lo rutinario que merece coronarse en abrazos.
Así que Él la asió de la cintura, se puso de horcajadas y la sentó sobre sus muslos.
Ella se entreabrió y su vulva acuosa fue engullendo poco a poco la robusta virilidad de Él.
Su seta venosa se abrió paso en la húmeda espesura de Ella.
Su grosor le ensanchó sus capas musgosas, le azuzó los tejidos, le copó las fibras más sensibles.
Un temblor incontrolable la hizo gemir desde sus entrañas.
Él la miró embelesado. La tomó de las mejillas y le mordió los labios.
Ella cabalgó con más arrebato encima de Él. Lo golpeteó con sus caderas, lo succionó con sus fauces.
Él la sujetó de la cintura con firmeza, volvió a devorarle sus pechos y empujó su pelvis más enérgicamente.
Ella sintió como Él tocaba fondo y retozaba en ese rincón endiosado.
Un desquiciado vaivén los hizo danzar en torno a un perpetuo fuego genital.
Enredados en labios y vapores, les acometieron sacudidas, les abrigaron escalofríos, les hirvieron sudores.
Sus átomos vibraron insondablemente y un arroyo de aguamiel se les formó entre las piernas.

Suspiraron,
sonrieron
y se fundieron en un abrazo victorioso.
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Abrió los ojos con Ella habitando en sus pupilas.
Una aurora le tintineó en los labios mientras Él volvió a preguntarse en voz alta:

¿Qué es Ella en mi vida?

“Un misterio supremo”, susurró para cortejar al silencio.

“Un júbilo supremo”, le abonó el corazón.

Y salió decidido a escribírselo.

miércoles, 18 de enero de 2012

FRAGMENTOS DE UNA NOVELA INCONCLUSA IV

Guardó silencio.

A pesar del fragor que se le arremolinó en el vientre –o precisamente por eso- recurrió a la única plegaria que nos hila el alma con los primeros seres humanos: un poco más de tiempo.

¿Qué es lo que uno puede decir cuando ante sus ojos se entreabre ese cielo siempre anhelado pero que cuesta tanto presenciar sin creerlo irreal? Seguramente todo. O nada.

Lo único realmente cierto es que toda esa manada que le pastaba ferozmente en el pecho le anunciaba intempestivamente que en futuras noches Él volvería a ese preciso instante para no morirse de soledad. Porque tal vez eso sea precisamente vivir: coleccionar destellos para colmarse los parpados de estrellas antes de cerrar los ojos.
Recurrir de nuevo a esa rosa hallada poco antes de dar el último paso al precipicio.
Requerir otra vez de esa caricia recibida en medio de una dolorosa convalecencia.
Rememorar insistentemente un ceño abrumado de arcoíris desfallecientes, una mirada invadida con luciérnagas aturdidas y una boca indecisa de ser oasis o duna. Como lo que se hacinaba en el rostro de Ella mientras esperaba una respuesta.

Las manos de Él cantaban lloviznas mientras que las de Ella se sentían cerca del naufragio.
El silencio se había despedazado en pequeñas sinfonías de desazón.
La luna se había partido en astillas de cristal.
El tiempo simplemente se había detenido.

Ella, su amiga de dos años, con la que Él había llorado, hacía tan sólo un minuto que había dinamitado todas las certezas de Él con un “Te amo, hace tiempo que lo sé pero no me había atrevido a decírtelo”.

Una lágrima se asomó por la mirada de Ella.

Así que Él hizo lo único sensato que debe hacerse en esos casos.

Le susurró un “¿por qué tardaste tanto?”.
Y vertió sus esperas en los labios de Ella.

viernes, 6 de enero de 2012

CONGRUENCIA (APUNTES PARA UNA AUTOBIOGRAFÍA AUTORIZADA)

Aunque no siempre lo consigo, nunca dejo de intentar ser congruente.
No se trata de un asunto de elegancia o de rectitud sino tan sólo de mera supervivencia: se puede mentir a los demás menos a uno mismo. Al menos, no sin sentirse impune.
A diario emerge un instante en el que ya no hay miradas ni espejos circundantes, cuando un silencio apacible recalienta las manos y un vaho dócil arrulla las pestañas. Es cuando uno está a solas consigo mismo. Y para poder estarlo conmigo mismo, yo necesito mirarme, si no embelesado, al menos sí soportando la imagen que la luna me devuelve. Es así que la congruencia me ayuda a sonreírme o llorarme pero nunca a avergonzarme de mí mismo.

Hace tiempo que exhalé uno de mis suspiros más recónditos. Era una imploración por conocer. Pero no se puede pedir sin ofrecer. Al menos, no sin saberse injusto. Y la congruencia me clama por no serlo. Es por ello que abono a mi petición tres breves apuntes que pretenden esbozar el color que destella de los ojos, el aroma de los suspiros y el sabor de los sueños de quien esto escribe. Un poco de mí, destilado por mí mismo.

1.- Soy, ante todo, un ingenuo.
No importa lo infranqueables que se crean, inevitablemente las máscaras caen, los maquillajes se diluyen y las imposturas se desmoronan. Es en ese momento cuando emerge victorioso el néctar verdadero de cada fruto.
Estrellas de mi cielo se han trocado en astillas de tizón, orquídeas de mi jardín en enredaderas de cactus y palomas de mi pecho en buitres voraces. La esperanza que cuelga de mis pestañas me ha hecho confundir varias veces lo excelso con lo pedestre. Por eso, cuando éste por fin se ha asomado, lo he recibido con lágrimas.
Pero entonces, cuando el corazón ha vociferado, un hálito me susurra mi certeza más utópica y perenne: es sólo en una Ella donde se encuentra el paraíso perdido. Y los ojos me vuelven a resplandecer.
Puede parecer estupidez o necedad pero luego de cavilaciones profundas y desvelos ensimismados puedo asegurar que es sólo simple y honesta ingenuidad.
Sí, es ingenuidad, ese heterónimo con el que he decidido nombrar a mi inquebrantable ilusión. Y es así como sigo creyendo que yo sólo seré un hombre pleno dentro una Ella.

2.- A pesar de las apariencias, soy un hombre muy elemental.
Diariamente suelo investirme de académico novel y científico social pero la verdad es que al final todos los títulos claudican ante el indomable llamado de la naturaleza.
Estruendos del pecho desploman mi artificio de raciocinios. Son los clamores del instinto.
Entonces me siento desamparado, huyo y busco refugio.
Desgrano sueños, encuadro experiencias, miro nuevos senderos.
Aspiro los perfumes de sombras en vez de sosegarlos a puñetazos.
Soy otro siendo más de mí mismo.
Aro en ausencias.
Dinamito la soledad.
Desnudo insomnios.
Pulo el oxido del silencio.
Zarandeo el alma para desnudarla frente al espejo.
Y me atrevo a embellecer la profunda ignorancia del misterio supremo: descifrar a una Ella, a solas conmigo.
Ilusa aspiración de someter delirios que se transfigura en anhelo de un roce a la distancia.
Desearla, apetecerla, suspirarla.
Cortejarla, estimularla, agitarla.
Festejarla, incitarla, estremecerla.
Rozarle la piel y avivarle los poros.
Colarme por su ropa, electrizarle los sentidos.
Ser racimo de uvas que ruede por su cuello, roce su pecho, circunde delicadamente por su vientre y se arrulle en su sexo.
Tocarle las entrañas.
Despojarla de su nombre, redimirla de la rutina y hacerla explotar de antojo de mis manos.
Por eso escribo, para seguir el llamado de mi naturaleza: preñar hojas en blanco.

3.- Soy perfectamente incapaz de definirlo dignamente y varias veces he sido derrotado en su nombre pero soy un firme creyente del amor.
Gloriosa contradicción, excelso contrasentido, sublime paradoja. Busco afanosamente lo que no puedo encuadrar en lógicas elementales, me desvelo por aquello que me resulta inasible, continúo con la boca ensangrentada tan sólo por sonreírle una vez más.
Es increíble que en esa palabra de tan sólo cuatro letras se condense tanto fuego, tanta ventisca, tanta lluvia… tanto paraíso.
Pero no conviene buscarle sus causas, efectos ni sentidos. El amor es sólo un apogeo del caos.
Todo es química. Pero el amor es química caótica e intensa.
Fórmula divina que contiene en sí misma su desazón y su remedio.
Porque hay algo peor que morir de amor: vivir sólo de aire.

Creo que amar es darse la oportunidad de ser uno mismo en otra vida.
Y al final, yo sólo soy los amores que no fueron sabiendo que seré los que todavía no han sido.
Por eso, sigo clamando por conocer(la).



sábado, 24 de diciembre de 2011

VILLANCICO DEL ESPANTAPÁJAROS

El derredor obliga a adquirir una dicha en facilidades de pago.
Yo no tengo crédito.
Yo sólo estoy huérfano de constelaciones. De ese nombre que alfombra mi día de arcoíris.
Ella.

Mi segunda piel, mi segundo lenguaje, mi primera respiración. Mi único paraíso.

Yo y mi inquebrantable vicio de plasmar hálitos para abrigarle las entrañas.
De lanzar palomas en tormentas de arena.
De gorjear en medio del asfalto.
De echarme de más cuando la echo de menos.
Aunque nunca la haya tenido.

Miro.
Y en el fondo de mi mirada está la suya.
Cuando miro, la miro.

Ojos que no observan, labios que no besan, manos que no acarician. Todo yo, que se guarda para Ella.

La soledad es un cuarto oscuro donde revelo su rostro en mi pecho.

Extrañar.
Añorar.
Nostalgiar.
Evocar
tan exageradamente,
que duele lo que no ha sido
más que en mis letras.

Quien tuviera de su boca todos los besos que ya no le hacen falta.
Quien pudiera paladear las ninfas ocultas de su noche.
Quien pudiera sumergirse en su agua bendita para purificarse.
Quien tuviera el sortilegio para que las vidas paralelas confluyeran, por fin, en esta.
A su lado.
Y entonces, vivir ahora sí
una feliz Navidad.

martes, 20 de diciembre de 2011

XCIII

Le embelesaba beber una copa de vino mientras miraba su foto. Era a salud de Ella porque el vino era afrutado, fresco e intenso en honor a su cuerpo, su mirada y su recuerdo. Así la saboreaba a la distancia.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

FRAGMENTOS DE UNA NOVELA INCONCLUSA III

Ocurre que hay instantes insondables en los que un velo humeante se nos retira momentáneamente y nos descubre algo. Son resquicios milagrosos en los que una puerta se resquebraja y un pliegue de verdad se nos entreabre por dentro. Y entonces no volvemos a ser los mismos.

Esa noche especialmente semejaba una hoguera de hojarascas húmedas en un funeral de gardenias. La luna apenas se ovillaba en un rincón lúgubre. El viento graznaba lágrimas de vidrio.
Él sabía perfectamente que era una noche de duelos y penumbras pero se opuso incansablemente a declinar la infinita felicidad que le martillaba el pecho. A pesar de todo, inclusive de sí mismo, ampararse en ilusiones siempre había sido su vocación.

No dijo ninguna palabra al verla llegar.
Consciente era de que sólo el silencio corona los arcoíris.
Simplemente sonrío con los ojos y lloró con las manos.

La miró como si Ella fuese el primer vestigio de vida.
La abrazó como si Ella fuese el penúltimo ser de su especie.
La besó como si Ella fuese la única mujer del universo.
Y en ese preciso instante su velo le descubriría la certeza que lo acompañaría eternamente: “era Ella. Únicamente Ella”.

A la mañana siguiente, ya no estaría.
Y Él se dedicaría a volverla a encontrar.


martes, 6 de diciembre de 2011

CONOCER

Hola. Perdóname, no pretendo importunarte pero es que me ha sido inevitable no hundirme en esa mina de ámbar que es tu presencia.
No, no estoy huérfano de luz o ávido de destellos. Es tan sólo que no puedo ser indiferente ante la magnificencia.
La vida nos suele compensar con lujos para la vista.
Y tú, más que desagravio, pareces un milagro.

Pero por favor no te arredres. O, como dijo el poeta, “no alertes tus fusiles”. Sólo te hablo porque no te conozco.
Dije conocer, no nombrar, enumerar o describir.
Saber nombres, etiquetas o rasgos no es conocer. Acaso será caracterizar pero no conocer.
Conocer a alguien, sobre todo a una mujer, es desconocerse uno mismo.
Es caminar suavemente por un sendero de vapor para lanzarse al vacío.
Es bajarse de la tierra en penumbras para abordar la constelación más brillante.
Es tener la sangre a punto de ebullición pero aún así armarse de sonrisas.
Y esperar que el milagro florezca.

Sí, por eso te hablé.
Para conocerte.
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No, no siempre miro así. Debes creerme. Usualmente miro para andar, para recordar, para guarecerme. Pero ahora te estoy mirando de esta forma tan sólo para descifrarte.
Percibir el calor de tu respiración.
Intuir el sabor que burbujea debajo de tu lengua.
Vislumbrar el estremecimiento de tus muslos.
Imaginar la humedad que saciará mi sed.
Conocerte.

Florecer.
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El de almacenar porvenires con los ojos
El de fraguar complicidades con los silencios
El de subsanar ideales con las incongruencias.

El de rehacerme con diferencias.
El de consternarme con vuelcos.
El de desangrarme con vísperas.

Sí, elijo todos, no descarto ninguno.
Todos los caminos para conocerte.
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Sí, elijo todos.
Pero hay uno con el que te eternizaré. Aunque no lo quieras.
Es el de mi imaginación.

Ahí, donde estaremos despojados de relojes y calendarios, de premuras y compromisos, del resto del mundo.
Tú y yo.
A solas.
En silencio y a oscuras.

Donde suspiraré para que respires los anhelos que no me caben en el cuerpo.
Donde susurraré tu nombre para que oigas mi plegaria más furtiva.
Donde soñaré tu apariencia para que me despiertes a la realidad.

Te miraré con las manos.
Deslizaré mis dedos por tu cabello, por el contorno de tus brazos, por tu talle. Uniré los puntos azarosos de tu perfil. Deambularé por la elipse de tu cuello.
Tocaré un vals con las cuerdas de tu silueta

Y entonces degustaré el manjar de tus labios.

Los besaré. Los morderé. Los chuparé.
Me beberé el néctar que emana de tu boca como un caminante del desierto sorbe de su alcarraza.
Untaré la comisura de tu boca con mi lengua. Perseguiré la tuya, juguetearé con ella. Seré un colibrí.
Me embriagaré con tu saliva.

Ebrio de tu sabor, sabré que tu silueta está hecha a la medida de mis fantasías. Que tu cuerpo es arcilla dúctil para manos de escultor afanoso. Que tu piel es la página más profusa del mundo.
Escribiré en cada rincón, en cada poro, en cada palpitación.

Te desnudaré despacio.

Sentiré como se desabotona la ansiedad, como se caen los jirones de la incertidumbre, como se estremecen las campanas del tiempo.
Tu epidermis erizada invocará la eternidad.
Tus pezones erectos desafiarán la alegría.
Tu pubis palpitante abrigará el esplendor del universo.

Desnudos, los dos, recuperaremos el indicio original: nos fundiremos en un abrazo.
No, ya no serán jadeos, serán sinfonías.
Ya no serán besos, serán apogeos.
Ya no serán caricias, serán posesiones.
Floreceremos.

Navegaré por tu mar, aspiraré cada aroma de tu vergel, hurgaré en todos los capullos de tu jardín.
Acariciaré tus pechos con mi lengua, los lameré con mis dedos, los abrigaré con mi intimidad.
Me arremolinaré a tu vientre.
Me asiré de tu cintura.
Me vararé en tus caderas.

Sentirás la furia de mi tulipán acunarse entre tus piernas.
Tu llovizna me humedecerá.
Un arroyo de saliva me colmará la boca de ansías.

Te mordisquearé los muslos.
Sentiré entre mis dientes esa harina exquisita.
Será una alegría febril e insoportable.
Fastuosa.

Y arribaré al paraíso. A tu pequeña fruta sensible y suculenta.
Su aroma a jazmines me cosquilleará la nariz.
Sus pétalos rugosos me rozarán el desasosiego.
Sus gotas de jugo me desquiciarán.
Entonces la probaré.

Mi lengua húmeda abrirá apasionadamente sus filamentos.
Cada relamida degustará de tu néctar y te deshebrará paulatinamente.
Tu rocío saciará mi sed de ti.
Y yo te tocaré tu fibra más sensible.

Gemirás.
Implorarás que continué.
Sentiré tus uñas en mi espalda.
Tu fruto se estremecerá efusivamente.
Yo te beberé completita.

Te miraré tu rostro placenteramente relajado.
Te susurraré lo desquiciadamente ávido que estoy de ti.
Te abrazaré.
Y, deslizándome despacio por tu aromática ciénaga, entraré vehemente en ti.

No te penetraré. Te absorberé.
Te impregnaré.
Te colmaré.
Te asimilaré.
Me mezclaré contigo.
Te conoceré completamente.

Me enredaré en tus piernas de frente,
de lado,
de pie,
en una cama,
en un sofá,
en una ducha,
por la mañana,
por la tarde,
por la noche,
hasta que definitivamente redima los días que estuve sin ti.
Y amanezcas a mi lado.

Ven, ven a mí.
Cámbiame estas palabras por tus labios,
este teclado por tu cintura
y esta respiración por tu transpiración.

Déjame conocerte.


miércoles, 30 de noviembre de 2011

XCII

Si hubiese sabido que la indiferencia era tan sólo el portal de la guarida donde Ella se refugiaba de su temor a volar, Él hubiese cambiado su respeto por pétalos rosas en sus letras para desnudarla despacio, acariciarla suavemente y besarla pausadamente hasta que Ella misma se descubriese sus alas. Pero… nunca es tarde.

lunes, 14 de noviembre de 2011

DUODÉCIMA LEY DE SUSPIROS DEL ESPANTAPÁJAROS

Hacerle el amor a una mujer es saber que en cada rincón de su cuerpo yace una cuerda necesaria para hacer vibrar al universo.

viernes, 11 de noviembre de 2011

XCI

“La mentira más grande que dicen las canciones de amor es que si uno pierde a su Ella se muere. No es cierto. Uno sigue viviendo. Aunque sólo sea como zombi.”
 Suspiró y volvió a poner su canción por enésima vez.

lunes, 7 de noviembre de 2011

VIAJERO

Huérfano de abrazos.
Privado de alas.
Despojado de pétalos.
Sobrevives.

El cantautor tenía razón:
“Nada te importa en la ciudad si nadie espera”.

Llevas las pupilas anegadas de crisoles y las manos colmadas de nubes.

Sueños que se evaporan con el humo de los automóviles.
Besos que se disecan en las aceras.
Sonrisas ajenas que mordisquean su recuerdo.

No importa el pasaporte: tu alma es extranjera en cada esquina de la soledad.

Montañas verdosas retratan tus labios.
Peñascos infinitos reflejan tu pecho.
Crepúsculos gélidos narran tu horizonte.

Andar en silencio es cantar una balada triste con las pestañas
resquebrajar el porvenir con un pecho palpitante
y teñir las calles de suspiros
mientras la piensas.

Tal vez aún no sea demasiado tarde para las rosas.
Tal vez el luto sea sólo un canto de cisne taciturno.
Tal vez las lágrimas sean los últimos copos de tu invierno.

Tal vez, algún día, dejes por fin de viajar.
Y amanezcas dentro de Ella.

lunes, 10 de octubre de 2011

ASISTENCIA TÉCNICA

EL CUADRO DE DIÁLOGO SE DESPLEGARÁ EN UNOS SEGUNDOS
LE INFORMAMOS QUE LA CONVERSACIÓN PUEDE SER GUARDADA PARA FINES COMERCIALES
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PRÓXIMAMENTE